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El espíritu feo

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La ginebra agita sus olas contra las paredes transparentes del vaso sin llegar a rebasar su borde. Sujeto por una mano de mujer, arrugada, de venas abultadas y azules, el vaso permanece fijo sobre la melena alborotada y plagada de canas de una cabeza que a su vez se apoya contra la pared.

 

¿Te han contado la del hombre que se puso a jugar a Guillermo Tell con su mujer y falló?

 

Frente a ella dos hombres altos, casi gemelos, con su pelo corto y sus barrigas de abandono, están envarados sobre el tresillo. Sostienen sus whiskies con tensión, como queriendo atraparlos, pero sin dejar de mirar el vaso de la cabeza de Joan, un vaso idéntico al suyo. De la habitación de al lado sale William con un arma, secándose el sudor de la frente con un pañuelo sucio.

 

Era un experto tirador y quizá ya había hecho el número de Guillermo Tell en otras ocasiones. O quizá no. Quizá aquel fue un acto suicida clarividente e intencionado por parte de Joan, un último juego nacido de la desesperación más absoluta.

 

Hace calor, es septiembre en Ciudad de Méjico. Apenas corre el aire, proveniente de una ventana pequeña, que también trae de la calle las voces de los niños correteando y la mezcla de olores del mercado. El vestido de Joan se pega más a su cuerpo. Se marca su respiración y su pecho. Una gota de sudor le resbala por la frente hasta caer por su cuello. La respiración es agitada, sus ojos bien abiertos no se separan de los ojos de William. Lo mira fijamente, con una mezcla de sumisión y locura. Grita: “Dispara”, y estalla en una carcajada que deforma la comisura de sus labios y achina unos ojos en torno a los cuales se arremolinan las arrugas. El vaso, contendido por su mano, tiembla ligeramente.

 

También pudo haber sido una prueba de su entrega y su confianza, de su fe y adoración ciegas. Un último regalo para Bill, al que aquella noche le falló la puntería.

 

El vaso rueda sobre el suelo hasta chocar con la puerta de la entrada. La ginebra derramada se mezcla con la sangre que mana de la cabeza de Joan. Su cadáver es un lánguido guiño del destino a los pies de William. No entiende lo qué pasa, sólo ve brotar palabras de la cabeza de Joan. El virus de la palabra infectándolo todo, tiñendo de rojo su mundo luminoso. Los dos hombres lo sacan de allí a rastras entre alaridos que no pertenecen a ninguna lengua. Joan Vollmer sonríe en su mueca póstuma.  Algo muere también esa tarde en la cabeza de William, mientras nace Burroughs.

 

En una biografía publicada en 1982, Literary outlaw o Forajido literario, Burroughs declara que: "Me vi forzado a extraer la espantosa conclusión de que nunca me habría convertido en escritor de no ser por la muerte de Joan, y a comprender la magnitud hasta la cual tal evento ha motivado y formulado mis escritos. Vivo con la constante amenaza de la posesión, y una constante necesidad de escapar de la posesión, del Control. Entonces la muerte de Joan me puso en contacto con el invasor, el Espíritu Feo, y me llevó a una vida de lucha en la que no tuve otra elección que abrirme camino escribiendo".

 

*Las partes en cursiva pertenecen a la novela de Joyce Johnson, Personajes secundarios, publicada por libros del Asteroide. Una completa y clarividente visión de las mujeres beat, narrada por una de sus protagonistas.

 

 

María Ruisánchez Ortega

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