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Eres mi patria y mi exilio

February 27, 2017

 

El gotero hacía un ruido casi inapreciable, pero él podía oírlo en el inmenso y frío silencio de aquella habitación. Iba a morir, como tantos otros habían muerto antes. Iba a morir postrado en una cama, muy lejos de casa. Ni siquiera podría teñir con su sangre el suelo de su patria. Su patria… Su patria intermitente, su patria usurpada, quemada, bombardeada, devastada, humillada… Su patria…

 

Y sus armas siempre fueron las palabras, certeras como proyectiles teledirigidos, programadas para estallar dentro de su objetivo, para extenderse e iluminar conciencias y arrasar conciencias. Podía sentirse orgulloso, lo había conseguido, si no fuera así, si su voz no se hubiera alzado, ni sus palabras hubiesen sido importantes, alabadas, gritadas en los campos de batalla, hechas canción, convertidas en voz del pueblo, él no habría dado con sus huesos en la cárcel, ni se habría tenido que exiliar, ni le habrían prohibido la entrada a su país, a su tierra a su casa. Ay, las palabras, y la importancia de las palabras…

 

Cuando mis palabras eran

tierra,

yo era amigo de las espigas.

 

Cuando mis palabras eran

cólera,

yo era amigo de las cadenas.

 

Cuando mis palabras eran

piedras,

yo era amigo de los arroyos.

 

Cuando mis palabras eran

revuelta,

yo era amigo de los truenos.

 

Cuando mis palabras eran

amargas,

yo era amigo del optimismo.

 

Cuando mis palabras se convirtieron en miel,

mis labios

se vieron cubiertos de moscas.

 

 

El goteo era incesante, lento y tenaz como un ataque. Miró hacia un lado, tras la ventana, un patio con algunos árboles y unos columpios vacíos, sin niños. Pensó entonces en su aldea, donde había nacido, apenas tenía recuerdos, repetidos hasta la saciedad una y otra vez, para no olvidarse de la casa de sus padres. Pero aquel pueblo ya no existía, ni volvería a existir porque fue literalmente arrasado por los bulldozers del pueblo vecino. Él tenía seis años, y allí empezó su éxodo, su égida, su batalla y su lucha. Líbano, París, Egipto… La literatura, hogares inventados para aplacar la inmensa pérdida. A él, a todos sus hermanos, los estaban desmembrando, mientras el mundo seguía girando y la gente miraba para otro lado.

 

Volveré a la sombra de tus ojos, volveré

de la carne humana con la que se hacen alfombras y de los ojos

con que fabrican perlas para el cuello de una princesa,

eres mi casa y mi exilio;

eres mi tierra que me ha aniquilado,

Mi tierra que me ha convertido en un cielo.

Tú, todo lo que se ha dicho de ti es improvisación y mentira.

 

De algún remoto lugar, tal vez la cocina de aquel hospital en el subsuelo, llegó un lejano y efímero olor a café… Oh, aquel café, el significado de ser hombre, el significado de ser árabe. Oh, el café de su madre. Aquella cafetera recién hecha que le llevó a la cárcel, que él no compartió con nadie, arrepintiéndose después. Oh, podía morir ahora, ahora ya, podía morir, oliendo el café de toda su vida… En qué momento traspasarían las bombas las paredes, y las balas su pecho, en qué momento saltarían por los aires los azulejos.

 

Miró una última vez hacia los columpios del patio, una niña rubia se mecía en risotadas. Esa niña era americana, seguramente no tendría jamás que dejar su casa, ni coger a sus futuros hijos en brazos mientras se desangraban, para librarlos del horror. Esa niña vivirá feliz, mirando en una pantalla cómo es el mundo que quieren que vea. Esa niña nunca sabrá que mientras se come un sándwich con sus dientes de leche, otros niños mueren violentamente torturados, de tiros certeros en la sien, o simplemente se evaporan bajo las bombas de racimo. Palestina, la cárcel más grande del mundo…  

 

Los celadores entraron para llevárselo al quirófano. Unas horas más tarde, Mahmud Darwish moriría tras una intervención a corazón abierto. Un corazón abierto como las fosas comunes en las fronteras, un corazón abierto como las heridas de un pueblo devastado, un corazón abierto, que ama con toda la intensidad de un niño con ojos de poeta.

 

Mahmud Darwish

 

Nacido en 1942 en Palestina, en la aldea galilea de Birwa. En 1948 se refugió con su familia en el Líbano. Su pueblo natal, en manos de los israelís, desaparece de los mapas. En 1950, regresó a Palestina para seguir estudios primarios y secundarios. Empezó a trabajar en el diario al-Ittihad, en calidad de redactor. Posteriormente, pasó a ser redactor jefe de  la revista literaria al-Yahid. Encarcelado en numerosas ocasiones por sus escritos. En 1970, debe expatriarse, residiendo sucesivamente en Moscú, El Cairo, Beirut, Túnez y París. En Beirut desde 1972, será redactor jefe de la revista Shuún filastiniya y director del Centro palestino de investigaciones, fundando la prestigiosa revista literaria al-Karmel. En otoño de 1982, debe dejar Beirut, a raíz de la ocupación israelí. Murió en 2008 en Houston Texas y fue enterrado a las afueras de Ramala con honores de estado.

 

María Ruisánchez Ortega

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