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Sueño amniótico

February 27, 2017

 

El feto abrió los ojos dentro de su placentera bolsa, sobre su cabeza, una luz fría y cegadora por la que se precipitaba una cascada de líquido amniótico, se abría, sin darle tiempo a reaccionar.

 

La mujer se echó la mano al bajo vientre, acusando un dolor insoportable, que se derramó sobre el suelo del camarote en olas que presentían la vida. Las aguas bañaron el pequeño habitáculo que se mecía de izquierda a derecha.

 

De derecha a izquierda. El barco, en mitad del Atlántico era a su vez mecido en una tempestad opaca, cuajada por nubes de tormenta y rayos, que se desplomaban implacables sobre la cubierta.

 

Uno de esos rayos quebró la madera del barco y provocó un pequeño incendio que corrió como la pólvora por toda la instalación eléctrica del navío hasta llegar al camarote de la parturienta, donde dio al traste con la única bombilla de la estancia. A oscuras, el avenimiento de la vida era aún más escalofriante.

 

Los ojos del neonato, de una neblina grisácea, ya no presienten esa luz todopoderosa, vagan a oscuras, sin saber qué dirección tomar, aunque una fuerza descomunal tire de ellos hacia abajo.

 

Cuarenta y seis años, cuatro meses y veinticuatro días después, esos mismos ojos cubiertos de una neblina opaca se cierran al contacto del agua salada del Mar de Plata.

 

Una mujer, atraída por una, ahora familiar, fuerza descomunal, camina lentamente, introduciéndose en el mar hasta quedar cubierta completamente, sumergida de nuevo en el líquido elemento, en el líquido amniótico, en el que vuelve a reconocerse, agarrándose las rodillas con vocación de feto, apretando fuertemente los ojos, para no ver ya más la claridad que se refleja sobre la superficie, por encima de su cabeza.

 

En algún momento de esos seis minutos que una persona adulta tarda en morir ahogada, alguien apagó la bombilla. Sin embargo, a oscuras el líquido amniótico de la muerte era mucho más reconfortante.

 

Alfonsina Storni  (1892-1938)

 

Alfonsina Storni, suiza de nacimiento, aunque hay otra versión que apunta a que nació en un barco, vivió toda su vida en Argentina. Ocupó diversos oficios: mesera, profesora, redactora publicitaria… sin dejar nunca de lado su pasión por la poesía, que llegó a convertirla en una insigne representante del modernismo argentino. Desgraciadamente, contrajo una enfermedad y decidió poner fin a sus días en Mar de Plata, ciudad balneario en la que descansaba. Su último poema fue Voy a dormir. Estos son los dos versos que le sirven de final al mismo:

 

“si él llama nuevamente por teléfono


le dices que no insista, que he salido...”

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