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La metamorfosis de Kaos

Cuando una empieza a escribir una novela, ni siquiera es consciente de lo que está haciendo. Al menos en mi caso. Te encuentras con un montón de hojas garabateadas sin ton ni son, pero es ahí donde reposan expectantes los personajes: hablan sin tapujos, a viva voz, como queriendo salir de la nebulosa de los no-vivos, y se expresan, vaya que si se expresan, fieros y autoritarios reclamando un espacio y un tiempo que se creen con derecho a poseer. Gritan tanto a través de mi mano, de mi boli que transcribe sus palabras, que acabo dándoles una oportunidad y paso a limpio, a digital sus palabras. Tecleo con furia sus dictados y entonces, sobre el fondo blanco del word acontece la magia, cobran vida y comienzo a imaginármelos frente a mí, frente a ellos mismos y los otros personajes, interactuando en ese espacio impoluto. Apago la pantalla y me los llevo puestos, ya ni siquiera sé el tiempo que habitan en mí, quizá toda la vida, quizá aguardan sigilosos su momento. El caso es que a sus palabras, mi imaginación suma sus vidas, completa los vacíos y los convierte cada vez en seres más y más reales. Van pesando sus vidas y mi cerebro tiende tramas entre unos y otros... “Y si...” “Y si...” Es ese periodo de vivir más allí que aquí. Después, quién sabe cuánto tiempo después, vuelvo a encender la pantalla y ordeno esa tela de araña que he tejido sobre mi cerebro, englobando y comunicando sus voces con los hechos que he inventado para ellos. Entonces empieza el trabajo, el arduo y duro trabajo de casar sus voces con sus vidas, de escribir una novela.

 

Cuando estoy perdida, cuando no sé cómo empezar a desenredar esa madeja de tramas, ideas, palabras y mentiras, la suelo dibujar. Dibujo la novela, pero en realidad estoy dibujando el mapa que me ha de llevar a ella. Aquí está el mapa primigenio de Kaos, todo lo que es Kaos está sobre esta tablilla de madera, gracias a ella encontré el camino, la forma y la fuerza para escribirla.

Después la cosa se va gestando, día a día, página a página, un trabajo laborioso y duro como subir una cuesta cada vez más escarpada. Una cuesta por la que acabas escalando sin arnés ni nada. Son imperiosas las ganas de abandonar, son tentadoras, volver abajo, tumbarse en el campo, disfrutar del sol, dejarse de líos y de llagas. Pero entonces, no sé de dónde sale una fuerza que te mantiene pegada a ese teclado, como imantada y sigues y sigues, sin estar muy segura de lo qué estás haciendo, dejando cada vez más abajo el suelo, sin saber si te vas a pegar la gran hostia. Pero un día, descubres que llevas a cuestas doscientas páginas y que estás escribiendo la palabra “FIN”. ¿Es esa la cima? Sin duda es una cima, todo se ve precioso desde allí arriba, pero no es LA CIMA. LA CIMA aún está lejos: tienes un primer manuscrito, pero está lejos de ser la versión definitiva. Se lo das a personas de confianza. Esto es importante, por primera vez esas voces que gritaban en ti cruzan la frontera para gritar a otros, por primera vez esas palabras cobran entidad y las llamamos historia, novela. Por primera vez podemos salirnos de esa escalada y contemplar desde fuera cuán alto hemos subido. Son estas personas las que dan un punto de objetividad, las que no saben nada de nada y de repente han sido capaces de escalar contigo esa montaña. En ese tiempo en que otros leen, tú reposas impaciente con la espalda pegada a la roca, preguntándote cómo alcanzarás la cima, qué puedes mejorar, qué camino necesitas cambiar... Los comentarios llegan y con ellos y el adecuado barbecho del cajón, la reescritura, y aquí viene otro trabajo de artesana, pues a lo que habías hecho hasta ahora hay que añadirle o restarle muchas cosas, y cuando acabas, has llegado a otra cima, pero aún no es la CIMA. Vendrán unas cuantas versiones y cimas más hasta que estés tan cerca de la última, que ya solo quede una buena revisión ortotipográfica.

 

Y por fin la ansiada CIMA y ya no sabes si reír o llorar de alegría. Y a la euforia le sobreviene otra pregunta: Y bien, ¿ahora qué? ¿Qué hago con el precioso manuscrito recién impreso y definitivo que tengo en la mano? Aquí aparece, no una montaña, aquí aparece un 8000: hay que buscar la editorial adecuada y poner el manuscrito a volar en su dirección. Con suerte, mucha, lo leerán y querrán escalar otra cordillera contigo, la de la edición, pero al menos ya no estarás sola, alguien más que como tú cree en ese manuscrito se estará congelando los dedos de los pies contigo.

 

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